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Alberto

Quedan pocos días para mi ordenación sacerdotal, y ante este acontecimiento que va a marcar mi vida para siempre, son muchos los momentos en los que me he parado para examinar ¿cómo y por qué he llegado hasta aquí?

Echando la mirada hacia atrás te das cuenta del paso de Dios por tu vida –eso es la pascua-, un paso silencioso, pero que te da a conocer el verdadera sentido de la vida.

Siempre he creído que por medio de su Palabra, Dios se dirige a mí, conociéndolo a Él y dándome a conocer su proyecto. Por eso, para explicar cómo Dios ha pasado por mí vida me gusta hacerlo desde su Palabra.

“Antes de haberte formado yo en el vientre, te conocía, y antes de que nacieses, te tenía consagrado: yo profeta de las naciones te constituí” (Jr 1,5).

La vocación no es algo que se improvisa o que surge del propio deseo, sino que Dios piensa en cada uno antes de haber nacido. Tener vocación es caer en la cuenta de que estás en el mundo porque Alguien te ha amado, mucho antes de que tú fueses consciente.

Muy pequeño comencé a ser monaguillo, y de esta manera fui conociendo a Jesús, fui siendo consciente de su amor; a lo cual tengo que decir que contribuyó mi familia y el sacerdote de mi pueblo. Cuando era pequeño quería ser como mi cura, pero cuando llegó el momento de dar el paso para ingresar en el Seminario me eché atrás, aparecieron los miedos, ya que era mucho lo que había que dejar, tenía que desechar mis proyectos para hacer los de Otro, los cuales no controlas, por lo que respondí como el profeta: ¡Ah, Señor! Mira que no sé expresarme, que soy un muchacho (Jr 1, 6).

En estos años tuvo lugar mi confirmación y fue mucho el contacto con los seminaristas que venían de pastoral a mí parroquia. Entre tanto, me daba cuenta que aquellos que me rodeaban no eran felices de verdad, buscaban aditivos para alcanzar una felicidad que en el fondo no llenaba, “andaban vejados y abatidos como ovejas que no tienen pastor” (Mt 9,36). Fue decisivo el acompañamiento de los sacerdotes, que me ayudó a ir poniendo nombre a lo que me sucedía. Por lo que después de muchas resistencias, y de caer en la cuenta del propio pecado, con la ayuda de Dios, di el paso para seguir más de cerca de Jesús.

En este camino son muchas las veces que percibes la voz del Señor que en otro tiempo dijo al profeta: “No digas: soy un muchacho, pues adondequiera que yo te envíe irás, y todo lo que te mande dirás. No les tengas miedo, que contigo estoy para salvarte” (Jr 1,7-8).