Hola, somos Inmaculada y Jesús. Queremos contaros nuestro Testimonio de vida.
Nos conocimos en 1971 cuando éramos apenas unos niños, 13 y 14 años. Lo que en principio era casi un juego rápidamente se convirtió en amor. Crecimos juntos, pasamos la adolescencia y nos hicimos adultos siempre el uno junto al otro. Aprendimos a ser camaradas, compañeros y amigos. A compartir esfuerzos, penas y alegrías. Terminamos nuestros estudios y, por fin, nos casamos en el año 1986. Tenemos dos hijos maravillosos.
Provenimos de dos familias que nos transmitieron, como a casi todos, la semilla de la Fe. Durante el noviazgo seguimos siendo practicantes. Compartíamos nuestras creencias y casi siempre íbamos misa y rezábamos juntos. Compartíamos a Dios. Estuvimos estudiando la carrera en Madrid. Para nosotros fueron años muy felices pero también difíciles en los que aprendimos a conocernos, a respetarnos. Empezamos a ser pareja, a darnos cuenta que nos teníamos el uno al otro, que podíamos confiar en la otra persona, a pensar en plural. Durante esta época seguimos siendo fieles al Señor. Es difícil de explicar. Sentíamos o presentíamos que realmente éramos tres y no dos. Dios nunca fue un Ser extraño a nosotros, nunca lo pusimos a parte. Quizá intuíamos que, de entre todas las personas posibles, Dios nos había escogido el uno para el otro. La sensación de agradecimiento personal de cada uno de nosotros por el regalo que nos había hecho de la otra persona, nos hacía compartir con Él nuestras vidas, hacerlo cómplice de nuestro amor.
Luego vinieron los primeros años de matrimonio. Creamos un hogar abierto en que compartimos con todo aquel que quiso nuestro pan, familia y alegrías. Acometimos entusiasmados la educación y crianza de nuestros hijos. También tuvimos agobios económicos, problemas laborales, pequeños fracasos, buenos y malos momentos. Sin apenas darnos cuenta, quemando etapas agotadoras de 24 horas, casi sin reflexión, pasó el tiempo y nos encontramos con los hijos adolescentes. Ahora ya se vestían y comían solos. Aparecieron otro tipo de problemas y preocupaciones aunque también comenzamos a tener más tiempo para nosotros y, porqué no, para los demás. En este periodo empezamos a sentir que nuestro cristianismo se nos quedaba pequeño, que el cristiano que no avanza, realmente retrocede.
En este momento conocimos el Movimiento de espiritualidad conyugal “Equipos de Nuestra Señora” y pasamos a formar parte del mismo. Nos llamó la atención el amor existente entre sus miembros, cómo nos acogieron, el hecho de que nos valoraran y quisieran simplemente por ser nosotros, por nuestro nombre y no por el apellido, cargo o situación social que pudiéramos tener. Debemos confesar que para nosotros, la pertenencia al Movimiento ha supuesto un “antes y un después”. Hemos crecido como personas, matrimonio y como cristianos.
Hemos aprendido a rezar en pareja. Él nos presentó, hizo nacer el amor y nos ha unido en cuerpo y en espíritu. Por ello nos presentamos ante Dios como matrimonio. Rezar en pareja nos ha permitido descubrir en el otro muchas facetas del alma que nunca nos mostrábamos y que no compartíamos. El desarrollo de la espiritualidad conyugal nos ha permitido avanzar también como cristianos al invitar a Dios a participar en nuestras vidas, notar su presencia y poner las mismas a su servicio. Hemos entendido que el Amor proviene de Dios y que cada uno de nosotros debemos ser el reflejo de este Amor. Hemos comprobado la importancia de la formación en el cristiano. También nos hemos dado cuenta de que, como cristianos, tenemos que vivir la fe en comunidad, tanto en nuestra familia, la parroquia como en nuestra diócesis. Ahora entendemos que el quinto mandamiento de la Santa Madre Iglesia no consiste en depositar un euro los domingos en misa.
Sobre todo, hemos descubierto la faceta, muchas veces olvidada, del Dios Padre amoroso que nos quiere como se quiere a un hijo, conociendo sus defectos, escuchando y perdonando siempre. La condición de sentirse hijo de Dios es nuestro mayor bien. Nadie ni nada puede arrebatárnoslo. Hemos pasado de tener fe, creer en la existencia de Dios, a tener confianza en Dios. A veces las circunstancias de la vida hacen que nos cueste mantener esta confianza en Él. No entendemos sus designios ni los “porqués” pero siempre acabamos diciéndole hágase tu voluntad. Si Él lo quiere así, seguro que es lo mejor para nosotros y para su Plan de Salvación. Pero el ser hijos de Dios implica que también somos hermanos del resto de los hombres. Amar a Dios significa hacer Su voluntad. Su voluntad, lo que quiere de nosotros, es que amemos y cuidemos de nuestros hermanos. No podemos pretender amarle y no amar al resto de sus hijos. Cada uno de nosotros debe tratar de encontrar la forma de servir a los hermanos. No podemos vivir nuestra fe de forma aislada.
Sabemos que no somos perfectos. Que todos tendemos hacia la santidad, pero que la santidad no sólo es un fin sino también un camino. Un camino que nos conduce a Dios y Jesús es éste Camino. Hemos decidido emplear nuestras vidas en recorrer este camino pero recorrerlo juntos, apoyándonos, ayudándonos mutuamente, porque muchas veces el camino es estrecho, sinuoso y empinado, otras nos paramos, nos perdemos o, incluso, retrocedemos. Pero merece la pena realizarlo, da sentido a nuestras vidas. Por ello, os animamos a realizar la travesía y os pedimos que nos ayudéis con vuestras oraciones a seguir el nuestro y que tendáis una mano a todos aquellos que encontréis en el vuestro. ¡Ánimo, no estáis solos!
Inmaculada y Jesús. Marzo de 2013